La otra pandemia: el “COVID político”
Columna de Opinión | Río de Voces
Todo el que ha tocado la puerta de un banco, de un notario o de un módulo de trámites en este estado conoce la sensación. Empieza con una idea que quita el sueño, sigue con la ilusión de ser tu propio jefe, de no deberle explicaciones a nadie, de convertir una libreta de apuntes en un negocio con nombre y letrero. Y termina, casi siempre, con una pregunta amarga: ¿por qué esto es tan difícil?
Emprender en Sinaloa nunca fue sencillo. El arranque de un negocio, dicen quienes estudian el tema, es la etapa con la tasa de mortalidad más alta de toda la vida empresarial: el dinero es poco, casi siempre prestado por la familia; no hay sueldo fijo los primeros meses; y una sola persona tiene que vender, cobrar, anunciar y hacer los trámites de gobierno al mismo tiempo. Así es emprender en cualquier parte del mundo. El problema es que, en Sinaloa, a esa dificultad normal se le sumó, primero, una pandemia de verdad, y ahora, una que no se cura con vacunas.
La primera pandemia: la que sí se fue
El COVID-19 cerró negocios como pocas cosas lo habían hecho antes. Para finales de 2021, cerca del 37% de los establecimientos de Sinaloa había bajado la cortina para siempre. En Culiacán y Mazatlán las ventas cayeron hasta 80%. Más de la mitad de las empresas formales no pudo pagarle a sus proveedores, y una de cada tres no pudo cubrir la nómina.
Y aun así, el sinaloense hizo lo que sabe hacer: resolvió. Se pasó a WhatsApp y a Facebook para vender. Armó el «pide y recoge». Invirtió en gel y en mamparas para que el cliente confiara otra vez. Para 2023, la Cámara de Comercio de Culiacán reportaba que 95% de los negocios que habían cerrado de forma temporal lograron reabrir. Historias como la de La Media Vuelta Café, en Los Mochis —que cerró, perdió patrimonio, enfrentó demandas y hasta el corte de luz por una tarifa impagable, pero volvió como cocina oculta para no morir del todo— son el retrato exacto de esa terquedad sinaloense para no rendirse.
Ese fue el primer golpe. Uno que se veía venir, que tenía nombre, que el mundo entero estaba enfrentando al mismo tiempo. Uno del que, con todo y las cicatrices, se podía salir.
La segunda pandemia: la que no quieren nombrar
La que está matando negocios ahora no llegó en un avión ni se contagia por el aire. Esta la contagiaron la mala administración, la corrupción y la comodidad de un régimen que se acostumbró a gobernar sin que le pidieran cuentas. A esta le podemos llamar, sin exagerar, la otra pandemia: el COVID político.
Los números lo dicen mejor que cualquier discurso. En 2025, Sinaloa fue el segundo estado del país donde más patrones desaparecieron: 2,347 empleadores menos, según el IMSS. Compárese con 2020, en plena pandemia mundial, cuando el estado todavía logró crear 681 empleadores. Léase de nuevo: en tiempos de COVID, las empresas resistieron más que en tiempos de «paz» oficial. De las empresas que desaparecieron el año pasado, 1,759 eran micronegocios: changarros, papelerías, fondas, talleres. La economía estatal cayó 4.5% en el primer trimestre de 2026, el peor lugar de todo el país.
Coparmex Sinaloa calcula que 45% de las empresas ha tenido que suspender, temporal o definitivamente, sus operaciones por falta de garantías de seguridad. Solo en Culiacán se perdieron 15 mil empleos formales y se estima que 63 mil personas abandonaron sus emprendimientos por la violencia. La pobreza laboral —la gente que ya ni siquiera puede pagar la canasta básica— pasó de 24.6% a 28.3% en un año.
Ese es el tamaño real de la ilusión rota: no es que al emprendedor sinaloense le haya faltado ganas, disciplina o ideas. Es que le tocó montar su changarro sobre un terreno que se cimbra por el cobro de piso, el robo de mercancía en carretera y el miedo a abrir tarde.
Cuando el diagnóstico oficial contradice la fiebre
Lo más indignante de una pandemia no es solo el virus: es que alguien con poder para actuar diga que no existe. Eso fue lo que hizo el secretario de Economía del estado, Diego Armando Aguerrebere, cuando salió a rebatir a la presidenta de Coparmex Sinaloa, Martha Reyes, después de que ella alertara sobre la crisis. El funcionario aseguró que la economía estatal creció 2.7% en 2025 y pidió analizar las cifras «con mayor responsabilidad».
El problema es que el propio INEGI, con su Indicador Trimestral de la Actividad Económica Estatal, contradice al funcionario: Sinaloa cayó 4.5% en el primer trimestre de 2026 y quedó en el último lugar nacional. No es una opinión de la oposición ni un dato inventado por un organismo empresarial molesto: es la estadística oficial del gobierno federal desmintiendo, con números, al gobierno estatal.
Entre el optimismo del funcionario y la realidad del changarro cerrado, los sinaloenses eligieron creerle a lo que ven en la calle. En redes sociales, la respuesta a Aguerrebere fue de hartazgo.
Y no dejo de ver comentarios como este: “Pasea por el centro de Culiacán, de Mazatlán y de algunos otros municipios, voltee a ver a otros sectores: agricultura, pesca, restauranteros grandes y pequeños, bares.” — Comentario ciudadano en redes
Y hubo quien fue más lejos al describir la desconexión entre el discurso oficial y la vida diaria en los ranchos, las comunidades abandonadas y la gente que simplemente sobrevive.
Ese contraste —el funcionario que presume crecimiento, el INEGI que documenta la peor caída del país, el ciudadano que ve su changarro vacío— es el diagnóstico más honesto que tenemos de esta segunda pandemia: no falta información, falta voluntad de reconocerla.
Borrón y cuenta nueva, con el estado todavía sangrando
Y en medio de este cuadro, ¿qué hacen los responsables de que Sinaloa llegara hasta aquí? Piden licencia para salir a pedir el voto. Como si dos años de violencia, cobro de piso, changarros cerrados y empleos perdidos se pudieran borrar con una sonrisa en campaña y una promesa reciclada.
La presidenta de Coparmex Sinaloa lo dijo sin adornos en una entrevista: mientras las familias sinaloenses cargan con tarifas eléctricas de verano que no pueden pagar y con un problema de seguridad que nadie ha resuelto, los mismos políticos —del mismo partido que gobierna la crisis— salen a la calle a pedir el voto sin ninguna vergüenza. Su exigencia fue directa: que la ciudadanía les cierre la puerta cada vez que toquen a pedir un voto que no se han ganado.
Esa es, quizás, la parte más dolorosa de esta otra pandemia. El virus del COVID no tenía intención; no eligió a quién enfermar. La crisis política sí tiene responsables, tiene nombre y apellido, y aun así se presenta ante el sinaloense pidiendo «borrón y cuenta nueva», como si la memoria de la gente durara lo mismo que un spot de campaña.
Lo que sí depende de nosotros
No se puede exigir resiliencia infinita al emprendedor sinaloense. Ya demostró, con el COVID, que sabe reinventarse, digitalizar su negocio y volver a abrir con lo que le quedó. Pero ninguna resiliencia personal alcanza para compensar un estado que no garantiza seguridad, que no cuida el bolsillo de sus ciudadanos y que, encima, pretende que se le olvide todo a la hora de votar.
Si algo debería quedar claro después de comparar estas dos pandemias es que la primera se combatió con vacunas, ciencia y disciplina colectiva. La segunda solo se combate con memoria y con votos informados. Los emprendedores y empresarios, que son quienes más de cerca sienten cada permiso, cada trámite, cada extorsión y cada apagón económico, deberían ser los primeros en involucrarse en la política local, no los últimos en resignarse a ella.
Porque la próxima vez que un funcionario pida licencia para salir a campaña, lo mínimo que merece Sinaloa es que alguien le recuerde, changarro por changarro, negocio por negocio, todo lo que dejó sin resolver.